Vendedor de los productos exóticos de Iquitos

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Durante mis primeros años de universitario necesité generar dinero sin comprometer mis tiempos para el estudio de periodismo en la Universidad de San Martín de Porres, mis clases en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica y, luego, la dedicación al taller de cine del gran Armando Robles Godoy.

Hacía todo lo necesario por conseguir dinero sin tener que cumplir un horario, asistir a una oficina o lo que sea. Quería ganar dinero en libertad. Entonces, decidí enfocarme en las ventas de las novedades que tenía Iquitos para el Perú. Eran tiempos de las telas importadas que solo se encontraban en Iquitos, del jabón Phebo, de las medias Lupo, la mantequilla Pluma Roja, etc. Iquitos no solo era una hermosa y limpia ciudad, sino, era encantadora, tranquila y mágica.

Esas ventas fueron exitosas y yo fui un abusivo con los precios. Si una hamaca de chambira costaba 30 soles en Iquitos, aquí yo la vendía a 200 soles y el cliente se iba totalmente convencido que se estaba llevando una pieza de arte, con una técnica de tejido milenaria, y que la chambira le curaría sus dolores de espalda y que volvería a dormir plácidamente, sanándose para siempre de su insomnio.

A todos los productos, ya sean importados o elaborados en la amazonía peruana, yo les subía el precio de manera extraordinaria. Nadie se quejaba, todos estaban contentos de llevarse una shicra de chambira pintada con “colores que solo el sol, la lluvia y la luna de la selva peruana podían lograr”.

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Igual era mi discurso para las colonias, perfumes, telas para camisas y pantalones para hombres, telas para vestidos de mujeres, o las ropas que mi familia traía de Manaos o de la frontera con Colombia y Brasil, donde yo viví en tres etapas de mi vida antes de cumplir los 10 años.

Todas esas ventas eran a 15 o 30 días. Y yo era puntual para las cobranzas que anotaba en un cuadernito espiralado de la marca Loro. Hoy no recuerdo que alguien no haya querido pagarme, en general, todos fueron extraordinarios pagadores y exigentes clientes.

Ese dinero me servía para muchas cosas, fundamentalmente, para comprar libros viejos o nuevos que poco a poco fueron adueñándose de los cuartos donde me tocó vivir como pensionista a partir de 1985. La otra parte se iba en entradas del cine y teatro. En ese tiempo, existían cine clubes como el del Museo de Arte donde era agradable tomar un café y conversar sobre poesía, teatro, cine, danza o cualquier cosa.

En 1985 ingresé al TUC, Escuela de Teatro de la Universidad Católica, y ese mismo año, Roberto Ángeles me pidió que me retirará de la escuela y que volviera en 1986, pues, estaba malogrando la tranquilidad de mis 9 compañeros de clase por ser un “honorable cliticón”, entre otras mediocres justificaciones. Las razones que me dio Ángeles fueron totalmente absurdas y en ese tiempo me dolió tanto que mandé al carajo la actuación. Aunque en 1986 dirigí una obra durante un festival internacional de teatro.

Eso sí, seguí vendiendo los productos exóticos que me enviaban de Iquitos. Mi éxito era total y el dinero lo guardaba en mi cuarto y nunca se me ocurrió la idea de abrir una cuenta de ahorro en un banco, porque en esos tiempos el sistema financiero era muy inseguro por la inestabilidad económica del país.

Recuerdo que mi familia me decía que estaba exagerando con los precios que le ponía a cada producto, que eso no estaba bien, y yo les respondía que a las personas les encantaba lo que yo les ofrecía y pagaban sin pedir rebaja. Inclusive, algunos se molestaban cuando llegaban tarde para ver la mercadería que había llegado y que otros afortunados ya los estaban luciendo.

Cuando traje una hermosa tinaja de barro para regalarle a un amigo, el asunto sí que tomó dimensiones espectaculares. Todos me pidieron una y con distinto motivo. Y, cuando se enteraron de que el emocionado dueño de la primera tinaja había mandado a hacer una estructura en una esquina de su casa, para exhibir su “maravilla de la selva”, la demanda se disparó y puso a prueba mi capacidad de respuesta.

Mi negocio estaba exigiendo más de mí y yo necesitaba tiempo para mis estudios, para la poesía y la contemplación de los ficus de Barranco. No se me ocurrió crear una empresa, tampoco asociarme, no tenía la menor idea de cuál era el siguiente paso. Eran otros tiempos. Finalmente, fui abandonando la venta de las maravillas de la amazonía peruana para dedicarme al periodismo y a la poesía.

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