El peso de la responsabilidad

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En mi niñez y adolescencia solía cobrar por el trabajo que realizaba y aún no recuerdo en qué momento, al ser adulto, y trabajar de manera profesional dejé de exigir el pago por la responsabilidad que asumía en las empresas donde trabajé.

De niño, junto con mis amigos del barrio de San Antonio en Iquitos, veíamos la forma de realizar algún trabajo en la semana para poder ir al cine o al estadio el domingo. No siempre había algo para nosotros, pues, solíamos cachuelear apoyando en la construcción de una casa de madera y techo de calamina. A veces cavando un pozo de alguna familia, apoyando a pintar paredes de madera, cultivando, entre otros quehaceres simples que los mayores nos encargaban para hacernos merecedores de un pago, que en realidad era una propina.

Mis amigos y yo disfrutábamos de realizar esas labores, porque el premio era el permiso para jugar al fulbito todas las tardes, todo el sábado y el domingo. Es decir, para nosotros era justo realizar lo que fuera necesario, culminarlo a tiempo y con acabados de calidad, para obtener el ansiado permiso.

Nos exigían y también exigíamos que los adultos cumplan su palabra.

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La otra forma de llegar con dinero al fin de semana era mediante los partidos de fulbito, en lo que nosotros definíamos como “desafíos”. Eran partidos de finales electrizantes y en el que se necesita estar alerta porque la “viveza y picardía” estaba siempre en cada jugada. No había árbitro, solo nosotros decidíamos si tal jugada o el gol había sido válido. Quien tenía mejores argumentos, buena labia, convencía al otro, para terminar ganándole.
Literalmente, luchábamos por ganar, para que el resultado sea favorable y en los siguientes partidos los espectadores siguieran apostando por nuestro equipo. Eso nos daba jerarquía y subíamos en las preferencias de los que apostaban 1 sol, 2 soles o 5 soles, durante un atardecer de fulbito en Iquitos.

Anteriormente, les conté que ante la necesidad de pagar unas fotos que me hice tomar con el fotógrafo que pasaba cada cierto tiempo por mi barrio, tuve que salir a vender chupetes de aguaje y que el resultado, al final del primer y único día, fue desalentador: todos los chupetes se habían derretido debido a que estuve abriendo a cada rato la tapa de la caja de Tecnopor. Mis tíos me apoyaron con el dinero para pagar los chupetes y las fotos, pero con la condición de realizar ciertos trabajos durante un mes.

Esta etapa de mi vida me hizo entender la importancia de la responsabilidad, porque andaba comprometido siempre en muchas cosas. Desde mi compromiso con el equipo de fulbito, con la tarea de tener lleno los bidones con agua de pozo (cuando la lluvia no caía), porque el agua potable recién llegó a esa zona de San Antonio cuando yo ya me había ido a vivir a otro lugar de Iquitos.

A medida que iba creciendo la responsabilidad se fue volviendo una carga, un peso en mis alas que no me dejaban volar. Entonces, en mi adolescencia seguí asumiendo responsabilidades, aunque ya empezaba a rebelarme, porque quería ser libre y hacer lo que me diera la gana. Eso me generaba conflictos y decidí que era mejor trasladarme a Lima a los 14 años. (Continuará)

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