Todo trabajo se paga

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Todo trabajo se paga. Si no se paga ya no es trabajo, es en todo caso, una acción voluntaria para hacer un servicio comunitario, social, de apoyo a una causa, etc. La otra forma de no pagar por un trabajo es esclavizar a la persona que lo realiza.

El trabajo y el pago que se recibe por hacerlo bien han sido el motor de las sociedades. La calidad del trabajo y el pago justo, a tiempo y sin trabas, generan un ecosistema saludable, productivo y maduro.

Esta lógica siempre estuvo en mi cabeza, pero no la practiqué durante gran parte de mi vida laboral. La mayoría de las veces trabajé sin recibir el pago justo, porque yo no lo pedía y si lo hacía, me olvidaba y no insistía. Sin embargo, mi ritmo aumentaba y hacía más de lo que era parte de mi responsabilidad.

Todas las veces esperaba que los directivos de los medios de comunicación donde trabajé se dieran cuenta de lo que aportaba a la empresa, para que ellos mismo decidieran pagarme lo que merecía, por las responsabilidades que asumía.

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A esta esperanza de que los directivos actuaran por iniciativa propia, se unía la mediocre sensación que sentía de que todavía no es el momento, que la empresa está saliendo adelante, que no es un buen año, que se ha muerto la paloma del árbol de la casa del gerente general, y tanta bobería que mi miedo e inseguridad encontraban como justificación.

Al mismo tiempo de estos pensamientos, los dueños de la empresa, el gerente general, y demás directivos, adquirían un nuevo BMW, viajaban el fin de semana a Miami para tomar el sol y tratar de encontrarse con Gloria Estefan, y aparecer bronceados en la oficina el lunes.

Casi nunca reclamaba por un aumento y tampoco por la cantidad de cosas que hacía en esas organizaciones. Al contrario, yo disfrutaba. Vivía en estado de creatividad sin importar de que el gerente general se había declarado mi enemigo y el día de cierres de edición se llevaba a todo mi equipo periodístico a “almuerzos de camaradería” con tal de que yo fracase. El resultado era que las ediciones salían espectaculares y yo feliz, aunque sin plata.

En otros casos, y eso fue en un canal de televisión de Lima, llegué a manejar distintas cosas en el grupo, que para poder realizarlos conté con el apoyo de 3 secretarias, una para cada área, y mi sueldo era de 1500 dólares. Y como estaba tan feliz de hacer cosas, por las noches iba a fungir como profesor en la escuela de periodismo de la USMP.

Recuerdo que al finalizar el año 1995 me senté a negociar mi sueldo. Bueno, negociar es un decir, pues, en realidad, los directivos del canal se vieron obligados a plantearme un sueldo de 11,000 dólares, más el 10 % de comisión por las ventas (sí, era editor periodístico y gerente de ventas), así como un automóvil, pasajes al extranjero, y con la libertad de manejar los canjes que yo quisiera en los restaurantes que prefería. Esta propuesta llegó de parte de la empresa donde trabajaba, porque otro medio de comunicación me ofrecía un monto similar con la condición de que me jalara a todo mi equipo. Me quedé y muy feliz porque me gusta hacer cosas y romper moldes, y eso era lo que yo hacía en esa empresa, razón por la que no me dejaron ir y me subieron el sueldo de manera impresionante. (Continuará)

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