Yo fui vendedor de libros

0
68

Yo llegué a Lima el 18 de febrero de 1980 en un vuelo de Faucett. Tenía 14 años de edad. En Pueblo Libre viví hasta el principio del verano de 1984, antes de irme a Barranco, donde empecé la maravillosa travesía de ser universitario: estudiante de periodismo.

En noviembre de 1981, un amigo del colegio me invitó a ser parte de un equipo de ventas de libros. Acepté porque quería tener dinero para el verano limeño.

Como todavía estaba en clases del colegio, mi turno era por la tarde. Me encargaron la zona de la Residencial San Felipe y alrededores. Así es que, mis queridos amigos, todas las tardes este amazónico pechito tocaba el timbre y si abrían la puerta, inmediatamente, disparaba: “Buenas tardes, hermosa señora. La Editorial Ica ha pensado en usted y hoy le trae estos libros, muy útiles en el hogar, para sus hijos que están estudiando o para usted también, pues, encontrará información valiosísima. También tenemos esta colección…”

En realidad, más o menos así era el discurso, pero nunca lograba terminarlo, porque el portazo en la nariz era una clarísima indicación de que mi exagerado tono y mis libros nos fuéramos a joder a otra parte.

Publicidad

Todas las tardes era la misma historia. Tocaba el timbre y desde el fondo escuchaba una voz que preguntaba ¿Quién es? Y al explicarle que le traía la oportunidad de su vida para ser culto e informado, simplemente, me mandaban al carajo. Pero yo no me rendía, tal vez, por terco o porque mis planes de pasar el verano con un buen dinero, me impulsaban a seguir.

En los primeros días de diciembre, mi ánimo ya no era tan positivo. Quería abandonar mi compromiso con los objetivos de la Editorial Ica y buscar otro trabajo que exija menos y que el pago no sea por comisiones. El maletín tipo James Bond pesaba bastante y se hacía más dramático el asunto cuando había que ir piso por piso, tocando puertas, y recibiendo “no joda”, “no, gracias” “ahora no, jovencito”, etc.

El gerente general de la Editorial Ica me alentaba y decía que no me rindiera. Que yo tenía un talento nato para las ventas, que mi voz atrapaba inmediatamente al cliente, que mantuviera mi optimismo, que debía estar convencido que los libros que ofrecíamos eran los mejores y que las personas podrían cambiar su vida si es que los compraban.

Reconozco que me emocionaba escucharlo destacar algunas cualidades mías, pero en la primera semana de diciembre ya no era tan impactante. Yo dudaba y el discurso del gerente me parecía palabreo. Es más, yo sentía que estaba palabreando a la gente. Perdí la confianza en mí y ya no creía en lo que estaba vendiendo.

No tenía el valor para renunciar. Es más, cada vez que me preparaba para hacerlo, el gerente (con buen olfato) se adelantaba y me hablaba sobre las bondades del vendedor, cómo todos en la vida deberíamos entrenarnos en las ventas, etc., y que yo era un caso excepcional. Me movía el piso y a mis 16 años no tenía el valor para decirle que ya no quería ser parte de los objetivos de la Editorial Ica para llevarle cultura y conocimiento a la gente.

Cuando llegó la quincena de diciembre y ya el mundo vivía la Navidad, yo aún no había vendido una colección, ni siquiera un libro. Así es que me armé de valor y me fui decidido a decirle al gerente que ya no seguiría con el objetivo de salvar a la gente mediante la lectura. Ingresé a la oficina, saludé y cuando iba a decirle “quiero conversar con usted”, el gerente me dijo:

-Chino, te ha llamado un cliente. Está por la avenida San Felipe, antes de llegar a Salaverry. Dice que quiere ver qué colecciones de medicina tenemos. Te espera hoy.

Agarré mi maletín James Bond y me fui a ver a este cliente. Era un consultorio médico. Me atendió un señor muy amable y me preguntó qué colección podía ofrecerle. Yo le dije que le ofrecía la mejor colección familiar que existe en el mundo, que… El doctor no me escuchaba y tomó la colección COF (Colección de Orientación Familiar) y me dijo, quiero esto.

Esa “venta” me alegró mucho y me sirvió para comprarme un reloj Casio en Hiraoka del jirón Cusco, Centro de Lima, y para otras cosas más que un muchacho necesita para sentirse poderoso basado en el dinero.

El asunto es que yo no vendí esa colección, lo había hecho el gerente de la Editorial Ica, pero me lo asignó, e hizo todo lo posible para hacerme creer que yo había logrado esa venta.

Dejar respuesta

Por favor introduce tu comentario
Por favor introduce tus comentarios